B"H
Soñadores, Intérpretes y RealizadoresCada mañana, al colocarnos los Tefilin, atendemos tres puntos neurálgicos de nuestro cuerpo humano.
Comenzamos ubicando la Tefilá Shel Iad en el brazo y la orientamos de cara al corazón. Luego, colocamos la segunda Tefilá alrededor de nuestra cabeza y, por último, enrollamos la primera en nuestra mano.
Cuando analizamos la historia de Iosef, vemos cómo su vida siguió ese mismo trayecto. La Parashá pasada, fue la sección del Corazón. Iosef, era una soñador de sueños de grandeza alojados en un rincón de su alma.
Al inicio de esta Parashá entra en juego la Cabeza. Iosef deja de soñar y pasa a interpretar. Es el propio faraón el que sueña e Iosef analiza sus sueños y asume al cargo de virrey de Egipto.
Iosef estaba ‘hecho’ con eso; pero no se contentó. La economía más importante del mundo estaba tambaleando e Iosef propone y ejecuta un plan de ‘ajuste’ para sacar a flote la dramática situación...Allí entró en escena la Mano.Corazón, Cabeza y Mano.
Están quienes se contentan con soñar. Viven recostados sobre esos sueños y alimentan su alma con ilusiones. Otros gustan de interpretar, y allí se quedan. Aman la dialéctica, el ejercicio intelectual y la charlatanería. Por último, están los realizadores. Los que logran volcar todos esos sueños y esa dialéctica en acción.
Por mucho tiempo Iosef fue recordado. A tal punto fue así, que la esclavitud de Egipto se inicia cuando asume un nuevo faraón Asher Lo Iadá Et Iosef. Un faraón que no recordaba ni sabía todo lo que había significado Iosef para Egipto.
Pero Iosef no fue recordado por lo que soñó...Tampoco por lo que interpretó...Iosef fue recordado por ser un realizador.
Algo similar ocurrió con la familia de los makabim, que recordamos en estos días de Januká. No los recordamos por sus sueños ni por su ilusión por restablecer el Reino de Di-s en una Tierra de Israel azotada por el paganismo y la asimilación. Los recordamos por haber tomado ‘el toro por las astas’ y transformar el mundo que los rodeaba.
Una abismo salvaje separa a la palabra de la acción. Iosef es quien nos enseña que el corazón (lo que se sueña), la cabeza (lo que se piensa) y la mano (lo que se hace) deben estar tan cerca en nuestro quehacer cotidiano como lo están en nuestro cuerpo humano.
Cada mañana, al colocarnos los Tefilín, lo recordamos.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Parashat VaIeshev 5769
B"H
Elogio a la Envidia
Hoy hablaré de un sentimiento humano que aflora incluso en los más nobles corazones, y que todos –absolutamente todos- hemos sentido en alguna oportunidad: Hablo de la envidia.
¿Es la envidia algo malo en sí mismo?¿Hay una envidia buena y una envidia mala?
Nuestros sabios –así debiera entenderlo- suponen que sí. En dos lugares diferentes del Talmud, se observan dos posiciones claramente diferentes respecto de la envidia y sus derivaciones. En el Tratado de Baba Batra (21a) se nos dice: ‘Kinat Sofrim Tarvé Jojmá’ (La Envidia entre los sabios, incrementará la sabiduría). Allí el Talmud nos dice que se puede despedir de su trabajo a un maestro de niños, si se encontrara alguno mejor que él. El Talmud supone allí que el temor de aquel sabio a no ser humillado por su par, incrementará sus ansias de estudio y a superación.
Mientras tanto, en el capítulo cuarto de Pirkei Avot, se nos dice: HaKina VeHaTaavá VeHaKavod Motziín Et HaAdam Min HaOlam (La envidia, la codicia y la ambición comprometen la existencia del hombre).La envidia es la "estrella" de nuestra Parashá, Parashat VaIeshev.
Iosef era el hijo preferido de su padre. Sólo a él Iaakov había regalado una túnica a listones, actitud que hizo montar en cólera a todos sus hermanos. Y agregado a ello, Iosef contaba a sus hermanos sus sueños, en los cuales éstos le rendían pleitesía y se arrodillaban delante suyo.Sin embargo deseo referirme a otra envidia que encuentra su espacio en nuestra Parashá.
En el capítulo 40 del libro de Bereshit se narra la historia de Iosef en la prisión junto al jefe de los escanciadores del faraón y el jefe de los panaderos.
Iosef se hallaba injustamente en prisión, acusado de algo que no había cometido, y Di-s coloca en su camino a estos dos súbditos del faraón quienes buscaban con desesperación alguien que interprete sus sueños.Sus sueños eran bien parecidos. El jefe de los escanciadores –tal era su oficio, el de servir bebidas- había soñado con una vid que contenía tres ramas. La vid floreció, maduraron sus racimos, y el jefe de las bebidas tomaba las uvas, las exprimía en el vaso del faraón y lo colocaba en manos del monarca.
Iosef le dijo: "Las tres ramas, son tres días. En el término de tres días el faraón te sacará de la cárcel y te devolverá a tu puesto".El jefe de los panaderos, al apreciar las habilidades de Iosef, también aportó su relato.
"He soñado con tres canastos perforados sobre mi cabeza. Y en el canasto superior se hallaban todos los manjares de panadería del faraón, y un pajarito los comía del canasto que estaba sobre mi cabeza".Iosef le dijo: "En tres días, el faraón te sacará de aquí y te colgará de un árbol".El sentimiento de la envidia entrará en escena a la luz del comentario de RaSHI al versículo 6 de dicho capítulo. Allí dice RaSHI que cada uno había soñado con su sueño y con la interpretación del sueño de su compañero.Ni uno ni el otro, sabía la interpretación de su propio sueño. Pero el jefe de los escanciadores conocía su sueño –y a la vez- sabía que el jefe de los panaderos iría a ser colgado, mientras que éste sabía también su sueño, y que el jefe de los escanciadores iría a ser retornado a su puesto.¿Por qué iban a levantarse atribulados los dos?
En realidad sólo el jefe de los escanciadores debería haberse levantado atribulado al ver que su compañero iría a ser colgado. Pero el jefe de los panaderos...¿por qué debería estar atribulado si sabía que el jefe de los escanciadores iría a ser retornado a su puesto?
Esto es envidia gratuita. Es la envidia que compromete la existencia de hombre, a la que se refiere Pirkei Avot. Es la envidia improductiva, que no motiva el crecimiento ni la superación. Es la envidia vana y estéril..Una bella historia que he escuchado hace ya algunos años, puede graficar claramente esta clase de envidia. Se cuenta que Di-s se le apareció por la noche a un hombre y le dijo: ‘Puedes pedir todo cuánto desee tu corazón y te será concedido. Pero debes saber que aquello que tu recibas, también lo recibirá tu vecino...pero por partida doble’.
Lenta y paulatinamente, la envidia comenzó a carcomer el corazón de aquel hombre, al apreciar que su vecino se beneficiaba doblemente con sus propios deseos.
Atribulado ante tal situación, elevó un último pedido. Sabía que cada deseo suyo tendría doble eco en su compañero, entonces pidió que le sea sacado un ojo.Atendamos los móviles de nuestras envidias. No toda envidia nos hace sentir miserables. Escuchemos sus ecos, sus miedos, sus deseos.Kinat Sofrim Tarve Jojmá. La envidia entre los sabios incrementa la sabiduría. La envidia sana, nos hace crecer; nos hace superarnos.
La envidia estéril compromete nuestra existencia.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
Elogio a la Envidia
Hoy hablaré de un sentimiento humano que aflora incluso en los más nobles corazones, y que todos –absolutamente todos- hemos sentido en alguna oportunidad: Hablo de la envidia.
¿Es la envidia algo malo en sí mismo?¿Hay una envidia buena y una envidia mala?
Nuestros sabios –así debiera entenderlo- suponen que sí. En dos lugares diferentes del Talmud, se observan dos posiciones claramente diferentes respecto de la envidia y sus derivaciones. En el Tratado de Baba Batra (21a) se nos dice: ‘Kinat Sofrim Tarvé Jojmá’ (La Envidia entre los sabios, incrementará la sabiduría). Allí el Talmud nos dice que se puede despedir de su trabajo a un maestro de niños, si se encontrara alguno mejor que él. El Talmud supone allí que el temor de aquel sabio a no ser humillado por su par, incrementará sus ansias de estudio y a superación.
Mientras tanto, en el capítulo cuarto de Pirkei Avot, se nos dice: HaKina VeHaTaavá VeHaKavod Motziín Et HaAdam Min HaOlam (La envidia, la codicia y la ambición comprometen la existencia del hombre).La envidia es la "estrella" de nuestra Parashá, Parashat VaIeshev.
Iosef era el hijo preferido de su padre. Sólo a él Iaakov había regalado una túnica a listones, actitud que hizo montar en cólera a todos sus hermanos. Y agregado a ello, Iosef contaba a sus hermanos sus sueños, en los cuales éstos le rendían pleitesía y se arrodillaban delante suyo.Sin embargo deseo referirme a otra envidia que encuentra su espacio en nuestra Parashá.
En el capítulo 40 del libro de Bereshit se narra la historia de Iosef en la prisión junto al jefe de los escanciadores del faraón y el jefe de los panaderos.
Iosef se hallaba injustamente en prisión, acusado de algo que no había cometido, y Di-s coloca en su camino a estos dos súbditos del faraón quienes buscaban con desesperación alguien que interprete sus sueños.Sus sueños eran bien parecidos. El jefe de los escanciadores –tal era su oficio, el de servir bebidas- había soñado con una vid que contenía tres ramas. La vid floreció, maduraron sus racimos, y el jefe de las bebidas tomaba las uvas, las exprimía en el vaso del faraón y lo colocaba en manos del monarca.
Iosef le dijo: "Las tres ramas, son tres días. En el término de tres días el faraón te sacará de la cárcel y te devolverá a tu puesto".El jefe de los panaderos, al apreciar las habilidades de Iosef, también aportó su relato.
"He soñado con tres canastos perforados sobre mi cabeza. Y en el canasto superior se hallaban todos los manjares de panadería del faraón, y un pajarito los comía del canasto que estaba sobre mi cabeza".Iosef le dijo: "En tres días, el faraón te sacará de aquí y te colgará de un árbol".El sentimiento de la envidia entrará en escena a la luz del comentario de RaSHI al versículo 6 de dicho capítulo. Allí dice RaSHI que cada uno había soñado con su sueño y con la interpretación del sueño de su compañero.Ni uno ni el otro, sabía la interpretación de su propio sueño. Pero el jefe de los escanciadores conocía su sueño –y a la vez- sabía que el jefe de los panaderos iría a ser colgado, mientras que éste sabía también su sueño, y que el jefe de los escanciadores iría a ser retornado a su puesto.¿Por qué iban a levantarse atribulados los dos?
En realidad sólo el jefe de los escanciadores debería haberse levantado atribulado al ver que su compañero iría a ser colgado. Pero el jefe de los panaderos...¿por qué debería estar atribulado si sabía que el jefe de los escanciadores iría a ser retornado a su puesto?
Esto es envidia gratuita. Es la envidia que compromete la existencia de hombre, a la que se refiere Pirkei Avot. Es la envidia improductiva, que no motiva el crecimiento ni la superación. Es la envidia vana y estéril..Una bella historia que he escuchado hace ya algunos años, puede graficar claramente esta clase de envidia. Se cuenta que Di-s se le apareció por la noche a un hombre y le dijo: ‘Puedes pedir todo cuánto desee tu corazón y te será concedido. Pero debes saber que aquello que tu recibas, también lo recibirá tu vecino...pero por partida doble’.
Lenta y paulatinamente, la envidia comenzó a carcomer el corazón de aquel hombre, al apreciar que su vecino se beneficiaba doblemente con sus propios deseos.
Atribulado ante tal situación, elevó un último pedido. Sabía que cada deseo suyo tendría doble eco en su compañero, entonces pidió que le sea sacado un ojo.Atendamos los móviles de nuestras envidias. No toda envidia nos hace sentir miserables. Escuchemos sus ecos, sus miedos, sus deseos.Kinat Sofrim Tarve Jojmá. La envidia entre los sabios incrementa la sabiduría. La envidia sana, nos hace crecer; nos hace superarnos.
La envidia estéril compromete nuestra existencia.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
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Parashat Hashavua
jueves, 11 de diciembre de 2008
Parashat VaIshlaj 5769
B"H
Miedo a matar, miedo a morir
Después de veintiún años de separación Iaakov está nuevamente a unos pocos kilómetros de Esav.
El aire puede cortarse con tijera. Iaakov se entera enseguida que Esav viene hacia él....¡Pero no sólo! Su hermano camina acompañado por cuatrocientos hombres. Iaakov tragó saliva. Un escalofrío comenzó a recorrer su cuerpo de cabeza a pies...Y tuvo miedo, y se angustió...
‘Y temió Iaakov mucho y se angustió’ (Bereshit 32, 8), nos dice la Torá.
Si preguntáramos por los motivos del miedo de Iaakov, la respuesta sería unánime y casi obvia. ¿Cómo no habrá de temer viendo que Esav y sus hombres podían matarlo?’. Pero si leemos el versículo detenidamente, veremos que Iaakov no tenía UN miedo; tenía DOS. Por un lado miedo: ‘VaIrá Iaakov Meod’ (Y temió Iaakov mucho).
Por el otro angustia: ‘VaItzer Lo’ (Y se angustió).
RaSHI, nos trae la voz del Midrash (Bereshit Rabá 76, 2) y nos dice: ‘Temía ser matado, y se angustió por si matase él a otros’ (RaSHI a Bereshit 32, 8). Iaakov -nos dice RaSHI- tenía miedo de convertirse en lo que jamás quiso ser. La espada nunca fue su amiga...Esa había sido la bendición a Esav a quien su padre había dicho "Vivirás de tu espada" (ver Bereshit 27, 40).
Iaakov sabía que la espada no era SU asunto. Ese era el terreno de su hermano. Y temió invadir el terreno de la violencia física....que no era el suyo. Temió mucho morir...Pero tanto como morir, temió mucho y se angustió solo por el hecho de pensar en matar. Iaakov sabía que no estaba ‘programado’ para ello.
Cuando uno respira el clima por la calles en este convulsionado Medio Oriente observa que ciertas ‘fantasías’ ya no son solo patrimonio de fanáticos fundamentalistas. ¿¡Cuántos son lo que dicen que para finalizar el conflicto del Medio Oriente ‘hay que matarlos a todos’!? ¡Cuántas veces –para ser honestos- lo pensamos aun sin verbalizarlo?
Y éso también da miedo. Un miedo no menor al que provocan los cohetes kasamim que caen sobre nuestra región. Un nuevo miedo que va sumado a ese primer miedo de Iaakov. Me refiero al segundo miedo de Iaakov. Tenemos miedo en convertirnos en Esav. Y eso también asusta...y angustia.
Recuerdo la historia de aquel viejo profeta que llegó hasta una aldea en la cual la violencia y la criminalidad abundaban por doquier. El viejo profeta comenzó a gritar, pero nada allí cambió. Y siguió gritando, día a día...
‘Viejo tonto’, le dijo uno. ‘¿Por qué no te vas de aquí? ¿No ves que nadie te escucha ni nadie jamás te ha escuchado?’.
‘Te equivocas’, le dijo el profeta. ‘Cuando llegué aquí yo gritaba para cambiarlos a ustedes; ahora grito para que ustedes no me cambien a mí’.
Rezamos, sufrimos y lloramos para que esta situación de violencia, lágrimas y sangre pueda cambiar. Para que algún día podamos vivir juntos, uno al lado del otro, sin muerte y sin dolor. Sigamos rezando para que ese día llegue...No callemos nuestras voces. Pero agreguemos a este un nuevo grito, el grito del profeta. Recemos también para que esta situación no nos cambie a nosotros y para que no dejemos de ser quienes somos.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
Miedo a matar, miedo a morir
Después de veintiún años de separación Iaakov está nuevamente a unos pocos kilómetros de Esav.
El aire puede cortarse con tijera. Iaakov se entera enseguida que Esav viene hacia él....¡Pero no sólo! Su hermano camina acompañado por cuatrocientos hombres. Iaakov tragó saliva. Un escalofrío comenzó a recorrer su cuerpo de cabeza a pies...Y tuvo miedo, y se angustió...
‘Y temió Iaakov mucho y se angustió’ (Bereshit 32, 8), nos dice la Torá.
Si preguntáramos por los motivos del miedo de Iaakov, la respuesta sería unánime y casi obvia. ¿Cómo no habrá de temer viendo que Esav y sus hombres podían matarlo?’. Pero si leemos el versículo detenidamente, veremos que Iaakov no tenía UN miedo; tenía DOS. Por un lado miedo: ‘VaIrá Iaakov Meod’ (Y temió Iaakov mucho).
Por el otro angustia: ‘VaItzer Lo’ (Y se angustió).
RaSHI, nos trae la voz del Midrash (Bereshit Rabá 76, 2) y nos dice: ‘Temía ser matado, y se angustió por si matase él a otros’ (RaSHI a Bereshit 32, 8). Iaakov -nos dice RaSHI- tenía miedo de convertirse en lo que jamás quiso ser. La espada nunca fue su amiga...Esa había sido la bendición a Esav a quien su padre había dicho "Vivirás de tu espada" (ver Bereshit 27, 40).
Iaakov sabía que la espada no era SU asunto. Ese era el terreno de su hermano. Y temió invadir el terreno de la violencia física....que no era el suyo. Temió mucho morir...Pero tanto como morir, temió mucho y se angustió solo por el hecho de pensar en matar. Iaakov sabía que no estaba ‘programado’ para ello.
Cuando uno respira el clima por la calles en este convulsionado Medio Oriente observa que ciertas ‘fantasías’ ya no son solo patrimonio de fanáticos fundamentalistas. ¿¡Cuántos son lo que dicen que para finalizar el conflicto del Medio Oriente ‘hay que matarlos a todos’!? ¡Cuántas veces –para ser honestos- lo pensamos aun sin verbalizarlo?
Y éso también da miedo. Un miedo no menor al que provocan los cohetes kasamim que caen sobre nuestra región. Un nuevo miedo que va sumado a ese primer miedo de Iaakov. Me refiero al segundo miedo de Iaakov. Tenemos miedo en convertirnos en Esav. Y eso también asusta...y angustia.
Recuerdo la historia de aquel viejo profeta que llegó hasta una aldea en la cual la violencia y la criminalidad abundaban por doquier. El viejo profeta comenzó a gritar, pero nada allí cambió. Y siguió gritando, día a día...
‘Viejo tonto’, le dijo uno. ‘¿Por qué no te vas de aquí? ¿No ves que nadie te escucha ni nadie jamás te ha escuchado?’.
‘Te equivocas’, le dijo el profeta. ‘Cuando llegué aquí yo gritaba para cambiarlos a ustedes; ahora grito para que ustedes no me cambien a mí’.
Rezamos, sufrimos y lloramos para que esta situación de violencia, lágrimas y sangre pueda cambiar. Para que algún día podamos vivir juntos, uno al lado del otro, sin muerte y sin dolor. Sigamos rezando para que ese día llegue...No callemos nuestras voces. Pero agreguemos a este un nuevo grito, el grito del profeta. Recemos también para que esta situación no nos cambie a nosotros y para que no dejemos de ser quienes somos.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
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Parashat Hashavua
jueves, 4 de diciembre de 2008
Parashat VaIetzé 5769
B"H
Agradeciendo
La Torá nos cuenta esta semana acerca del nacimiento de las doce tribus de Israel.
La historia es más o menos conocida. Iaakov tuvo dos mujeres (Lea y Rajel) y dos concubinas (Zilpá y Bilá) que lo agraciaron con trece hijos. La primera en dar a luz fue Leá y al parir su cuarto hijo nos cuenta la Parashá: "Y concibió más, y parió un hijo, y dijo: ‘Esta vez agradeceré (Odé) al Eterno’, y llamó su nombre Iehudá" (Bereshit 29, 35).
Lea se muestra como una mujer agradecida, y dicha cualidad es digna de destacarse; su cuarto hijo –Iehudá- lleva en su nombre la raíz de la palabra Todá (Gracias).
Sin embargo cabe preguntarse...¿por qué esperó a que nazca su cuarto hijo para agradecer a Di-s? ¿Por qué no le agradeció cuando nació Reuvén, Shimón y Leví (sus primeros tres hijos)?
El Midrash nos cuenta que Leá hizo un inteligente cálculo. ‘Doce tribus saldrán de Iaakov’, pensó. ‘Si Iaakov tiene cuatro mujeres, a cada una le corresponderán tres tribus...’. Cuando vio Leá que Di-s agregó un cuarto hijo a la porción de tres tribus que le correspondía, entonces dijo: ‘Esta vez agradeceré a Di-s’ (Tanjuma, VeIetzé).
Lea no es aquí sólo una mujer agradecida; es una mujer que sabe hace una lectura correcta de las bendiciones que llegan a su vida y dice ‘Gracias’ por ello.
La tradición judía nos enseña a ser agradecidos. La primer palabra que el judío debe decir al momento de levantarse es Modé Aní...(Te agradezco, Di-s viviente, que piadosamente has hecho regresar el alma a mi cuerpo).
La tradición judía nos impone que ante todo, antes de lavarnos las manos, cepillarnos los dientes, digamos ‘Gracias’. Nos impone que la palabra ‘Gracias’ sea la primera en salir de nuestra boca por las mañanas. Incluso, si me pidieran que resumiera en una frase la esencia del judaísmo, diría que el judaísmo es el ejercicio permanente de la gratitud y el reconocimiento de que tal vez no seamos tan merecedores de las muchas bendiciones que llegan a nuestras vidas.
Tal vez sea por eso que nos dice el Midrash: LeAtid Lavo, Kol HaKorbanot Betelin, VeKorban Toda Einó Vatel; Kol HaTefilot Betelot, HaHodaá Einá Betela (En la postrimería de los días todos los sacrificios habrán de ser cancelados, menos el sacrificio de acción de gracias (el Korván Todá); todas las oraciones van a ser canceladas, menos la oración de gracias (la Hodaá) (VaIkrá Rabá 9, 7).
Algo muy parecido ocurre con la Tefilá. Cuando en la repetición de la Tefilá de Shajarit, el oficiante llega a la decimoséptima bendición (la Hodaá, la bendición de agradecimiento), la congregación lee en voz baja el Modim DeRabanán, una versión diferente de dicha bendición reservada sólo para la comunidad.
¿Por qué? ¿Por qué no puede el oficiante representar a la congregación en esta bendición de la misma forma que lo hace en las demás?
Nos enseña Rabí David Abudarham que se puede nombrar un representante para cualquier oración. Puede buscar siempre un emisario para que rece por su salud, por su bienestar o por su fortuna..
Pero no se puede nombrar a un representante para decir ‘Gracias’. Cada uno debe agradecer por por su cuenta.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
Agradeciendo
La Torá nos cuenta esta semana acerca del nacimiento de las doce tribus de Israel.
La historia es más o menos conocida. Iaakov tuvo dos mujeres (Lea y Rajel) y dos concubinas (Zilpá y Bilá) que lo agraciaron con trece hijos. La primera en dar a luz fue Leá y al parir su cuarto hijo nos cuenta la Parashá: "Y concibió más, y parió un hijo, y dijo: ‘Esta vez agradeceré (Odé) al Eterno’, y llamó su nombre Iehudá" (Bereshit 29, 35).
Lea se muestra como una mujer agradecida, y dicha cualidad es digna de destacarse; su cuarto hijo –Iehudá- lleva en su nombre la raíz de la palabra Todá (Gracias).
Sin embargo cabe preguntarse...¿por qué esperó a que nazca su cuarto hijo para agradecer a Di-s? ¿Por qué no le agradeció cuando nació Reuvén, Shimón y Leví (sus primeros tres hijos)?
El Midrash nos cuenta que Leá hizo un inteligente cálculo. ‘Doce tribus saldrán de Iaakov’, pensó. ‘Si Iaakov tiene cuatro mujeres, a cada una le corresponderán tres tribus...’. Cuando vio Leá que Di-s agregó un cuarto hijo a la porción de tres tribus que le correspondía, entonces dijo: ‘Esta vez agradeceré a Di-s’ (Tanjuma, VeIetzé).
Lea no es aquí sólo una mujer agradecida; es una mujer que sabe hace una lectura correcta de las bendiciones que llegan a su vida y dice ‘Gracias’ por ello.
La tradición judía nos enseña a ser agradecidos. La primer palabra que el judío debe decir al momento de levantarse es Modé Aní...(Te agradezco, Di-s viviente, que piadosamente has hecho regresar el alma a mi cuerpo).
La tradición judía nos impone que ante todo, antes de lavarnos las manos, cepillarnos los dientes, digamos ‘Gracias’. Nos impone que la palabra ‘Gracias’ sea la primera en salir de nuestra boca por las mañanas. Incluso, si me pidieran que resumiera en una frase la esencia del judaísmo, diría que el judaísmo es el ejercicio permanente de la gratitud y el reconocimiento de que tal vez no seamos tan merecedores de las muchas bendiciones que llegan a nuestras vidas.
Tal vez sea por eso que nos dice el Midrash: LeAtid Lavo, Kol HaKorbanot Betelin, VeKorban Toda Einó Vatel; Kol HaTefilot Betelot, HaHodaá Einá Betela (En la postrimería de los días todos los sacrificios habrán de ser cancelados, menos el sacrificio de acción de gracias (el Korván Todá); todas las oraciones van a ser canceladas, menos la oración de gracias (la Hodaá) (VaIkrá Rabá 9, 7).
Algo muy parecido ocurre con la Tefilá. Cuando en la repetición de la Tefilá de Shajarit, el oficiante llega a la decimoséptima bendición (la Hodaá, la bendición de agradecimiento), la congregación lee en voz baja el Modim DeRabanán, una versión diferente de dicha bendición reservada sólo para la comunidad.
¿Por qué? ¿Por qué no puede el oficiante representar a la congregación en esta bendición de la misma forma que lo hace en las demás?
Nos enseña Rabí David Abudarham que se puede nombrar un representante para cualquier oración. Puede buscar siempre un emisario para que rece por su salud, por su bienestar o por su fortuna..
Pero no se puede nombrar a un representante para decir ‘Gracias’. Cada uno debe agradecer por por su cuenta.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
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Parashat Hashavua
viernes, 28 de noviembre de 2008
Parashat Toldot 5769
B"H
Herederos de la voz
Cuando pienso en sorpresas de la naturaleza y caprichos de la genética me viene en mente el nacimiento de Iaakov y Esav…
¿Cómo dos mellizos pueden ser tan diferentes?
El uno, Esav, peludo. El otro, Iaakov, lampiño.El uno, Esav, hombre de campo y de caza. El otro, Iaakov, hombre de hogar y familia.El uno, Esav, habla a través de sus manos. El otro, Iaakov, habla a través de su voz.
El nacimiento de estos mellizos representa mucho más que el nacimiento de dos personas: marca para la tradición de Israel el nacimiento de dos maneras de confrontarse con la vida: por medio de la fuerza y la violencia o por medio de la palabra y la comunicación.
Uno puede ser Esav también como padre o como esposo y puede ser Iaakov como maestro o como nación.
Hay países que heredaron la espada de Esav y otros que son herederos de la voz de Iaakov.
El poder abruma e infunde respeto, es cierto.Pero la palabra es la que siempre perdura y vence. Nada puede contra la calidez de una palabra apropiada.
El célebre fabulista Esopo alguna vez sintetizó esta idea a través de una parábola…
El sol y el viento discutían para ver quién era el más fuerte. El viento decía: ‘¿Ves aquel anciano envuelto en una capa? Te apuesto a que le haré quitar la capa más rápido que tú’.
Se ocultó el sol tras una nube y comenzó a soplar el viento, cada vez con más fuerza, hasta ser casi un ciclón, pero cuanto más soplaba tanto más se envolvía el hombre en la capa.
Por fin el viento se calmó y se declaró vencido y entonces salió el sol y sonrió cálidamente sobre el anciano.
No pasó mucho tiempo hasta que el anciano, acalorado por la tibieza del sol, se quitó la capa. El sol demostró entonces al viento que la suavidad y el amor de los abrazos son más poderosos que la furia y la fuerza.
Esta fábula de Esopo nos hace notar una gran paradoja: no existe en el mundo debilidad más grande que la fuerza sin miramientos, sin responsabilidades y sin contemplar las consecuencias.
La suavidad, el amor, la palabra y la tolerancia son fuertes aun cuando parezcan –a simple vista- frágiles y delicados.
HaKol Kol Iaakov VeHaIadaim Idei Esav…La voz es la voz de Iaakov, pero las manos son las manos de Esav.
Esta fue la expresión de desconcierto de nuestro patriarca Itzjak al notar, en la oscuridad de su ceguera, que aquel que estaba pidiendo bendición no le resultaba conocido…
Iaakov, cubierto con la piel de cabrito ante su padre ciego, se había transformado en un ser híbrido carente de identidad: Mantenía su propia voz, pero tomaba prestadas las manos de su hermano.
Somos un pueblo que a lo largo de las generaciones nos caracterizamos sólo por nuestra voz como dignos descendientes de Iaakov.
Es cierto que el pueblo judío vive una de las etapas más favorables de los últimos dos mil años. Vivimos en un estado propio, ya no de prestado, que nos protege y nos ha completado como nación.
Pero, al mismo tiempo, estamos viviendo una de las crisis de identidad más grandes de los últimos dos mil años. El pueblo judío se mira al espejo y mira una sociedad el la que algunos llevan la bandera de la voz de Iaakov, pero otros hacen culto de las manos de Esav.
Durante dos mil años hemos escrito libros. Hoy seguimos escribiéndolos y exportamos ciencia…pero también exportamos armas…
Es bueno –diría imprescindible- tener un estado fuerte y estar cuidados por el ejército más poderoso del Medio Oriente. Pero debemos recordar siempre que esas manos de Esav las tomamos prestadas para resguardar la voz de Iaakov.
Tal vez a menudo nos veamos obligados a actuar –al decir de Esopo- con la virulencia del viento. Pero debemos tener en el claro, que a la larga, deberemos actuar con el calor del sol, que el auténtico roshem, que el género humano debe tener de nosotros tiene que ver con nuestra el impacto de nuestra voz y no con la fuerza de nuestras manos. Somos herederos de la voz.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
Herederos de la voz
Cuando pienso en sorpresas de la naturaleza y caprichos de la genética me viene en mente el nacimiento de Iaakov y Esav…
¿Cómo dos mellizos pueden ser tan diferentes?
El uno, Esav, peludo. El otro, Iaakov, lampiño.El uno, Esav, hombre de campo y de caza. El otro, Iaakov, hombre de hogar y familia.El uno, Esav, habla a través de sus manos. El otro, Iaakov, habla a través de su voz.
El nacimiento de estos mellizos representa mucho más que el nacimiento de dos personas: marca para la tradición de Israel el nacimiento de dos maneras de confrontarse con la vida: por medio de la fuerza y la violencia o por medio de la palabra y la comunicación.
Uno puede ser Esav también como padre o como esposo y puede ser Iaakov como maestro o como nación.
Hay países que heredaron la espada de Esav y otros que son herederos de la voz de Iaakov.
El poder abruma e infunde respeto, es cierto.Pero la palabra es la que siempre perdura y vence. Nada puede contra la calidez de una palabra apropiada.
El célebre fabulista Esopo alguna vez sintetizó esta idea a través de una parábola…
El sol y el viento discutían para ver quién era el más fuerte. El viento decía: ‘¿Ves aquel anciano envuelto en una capa? Te apuesto a que le haré quitar la capa más rápido que tú’.
Se ocultó el sol tras una nube y comenzó a soplar el viento, cada vez con más fuerza, hasta ser casi un ciclón, pero cuanto más soplaba tanto más se envolvía el hombre en la capa.
Por fin el viento se calmó y se declaró vencido y entonces salió el sol y sonrió cálidamente sobre el anciano.
No pasó mucho tiempo hasta que el anciano, acalorado por la tibieza del sol, se quitó la capa. El sol demostró entonces al viento que la suavidad y el amor de los abrazos son más poderosos que la furia y la fuerza.
Esta fábula de Esopo nos hace notar una gran paradoja: no existe en el mundo debilidad más grande que la fuerza sin miramientos, sin responsabilidades y sin contemplar las consecuencias.
La suavidad, el amor, la palabra y la tolerancia son fuertes aun cuando parezcan –a simple vista- frágiles y delicados.
HaKol Kol Iaakov VeHaIadaim Idei Esav…La voz es la voz de Iaakov, pero las manos son las manos de Esav.
Esta fue la expresión de desconcierto de nuestro patriarca Itzjak al notar, en la oscuridad de su ceguera, que aquel que estaba pidiendo bendición no le resultaba conocido…
Iaakov, cubierto con la piel de cabrito ante su padre ciego, se había transformado en un ser híbrido carente de identidad: Mantenía su propia voz, pero tomaba prestadas las manos de su hermano.
Somos un pueblo que a lo largo de las generaciones nos caracterizamos sólo por nuestra voz como dignos descendientes de Iaakov.
Es cierto que el pueblo judío vive una de las etapas más favorables de los últimos dos mil años. Vivimos en un estado propio, ya no de prestado, que nos protege y nos ha completado como nación.
Pero, al mismo tiempo, estamos viviendo una de las crisis de identidad más grandes de los últimos dos mil años. El pueblo judío se mira al espejo y mira una sociedad el la que algunos llevan la bandera de la voz de Iaakov, pero otros hacen culto de las manos de Esav.
Durante dos mil años hemos escrito libros. Hoy seguimos escribiéndolos y exportamos ciencia…pero también exportamos armas…
Es bueno –diría imprescindible- tener un estado fuerte y estar cuidados por el ejército más poderoso del Medio Oriente. Pero debemos recordar siempre que esas manos de Esav las tomamos prestadas para resguardar la voz de Iaakov.
Tal vez a menudo nos veamos obligados a actuar –al decir de Esopo- con la virulencia del viento. Pero debemos tener en el claro, que a la larga, deberemos actuar con el calor del sol, que el auténtico roshem, que el género humano debe tener de nosotros tiene que ver con nuestra el impacto de nuestra voz y no con la fuerza de nuestras manos. Somos herederos de la voz.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
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Parashat Hashavua
viernes, 21 de noviembre de 2008
Parashat Jaiei Sara 5769
B”H
Dos vidas en unaLa Parashá de esta semana comienza diciendo: "Y fue la vida de Sara, de cien años y veinte años y siete años, los años de la vida de Sara" (Bereshit 23, 1).
Sin embargo, "Shnei Jaiei Sara" (traducido como "Los años de la vida de Sara"), puede leerse como 'Las dos vidas de Sara'.
¿Por qué pensar que Sara tuvo dos vidas?
No estamos hablando aquí de una 'Doble vida' –Di-s nos libre y nos guarde- al modo que solemos entender ‘la doble vida’ en nuestro mundo contemporáneo donde este concepto es sinónimo de marginalidad y engaño...
Ocurre que si bien nuestra vida es una, existen ciertos giros en nuestra existencia que hacen cambiar radicalmente nuestra percepción del mundo.
El nacimiento de un hijo, la llegada del amor. O un traspié financiero, o una pérdida muy querida...
Todos tenemos algo que nos ha cambiado. Todos tenemos algo que nos hizo crecer y madurar, aun cuando haya sido a fuerza de golpes y de dolor...
Muchas vidas conviven en una vida, y es la manera en la que nos confrontamos a estos cambios la que marcará el rumbo de este nuevo capítulo.
Tal vez, la palabra inicial de esta Parashá sea un buen indicio para saber cuáles fueron las dos vidas de Sará: VaIihú.
El autor del libro "Minjá Belulá" nos hace notar que la palabra 'VaIhiú' ('Y fueron', en español) tiene un valor numérico igual a treinta y siete (6, 10, 5, 10, 6)
Si Sará vivió ciento veintisiete años y le restamos treinta y siete, tendremos noventa años. A los noventa años Sará dio a luz a su único hijo, nuestro patriarca Itzjak.
Una vida o dos vidas, según cómo se vea. Bien podríamos decir que fue una vida de ciento veintisiete años, o que fue una de noventa y otra de treinta y siete.
Noventa años de sufrimiento y de plegarias por el hijo que la naturaleza le negaba y treinta y siete años de realización y plenitud por ese hijo que Di-s le regaló.
Cuenta una historia que un hombre caminaba por el bosque y se topó con un cementerio. Lápidas viejas y derruídas, que a duras penas dejaban leer las inscripciones en la piedra.
Sin embargo, el hombre alcanzó a leer los nombres y la edad de los fallecidos y notó con sorpresa que la edad de aquellos que yacían allí no pasaba de los once años y lo más extraño era que el tiempo vivido estaba medido en años, meses, semanas y días.
El hombre se sintió conmovido y pensando que se encontraba ante un cementerio de niños se acercó al pueblo vecino a preguntar qué extraño mal aquejaba a esa población que había arrasado con tantos niños.
‘No son niños’, le respondió el anciano del lugar. ‘Y aquí no hay ningún extraño mal que nos acose. Ocurre que desde hace generaciones conservamos una bella costumbre. Cada niño, al cumplir los quince años, recibe una pequeña libreta como esta que llevo colgada en mi cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:
A la izquierda que fue lo disfrutado...A la derecha, cuanto tiempo duró el gozo.
Conoció a su mujer y se enamoró de ella...
¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media?¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?
¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?¿Días? ¿Semanas?
Así... vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos...cada instante de dicha.Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido
Sará vivió ciento veintisiete años, de fe, coraje y pasión.
Dos vidas en una. En su juventud con la experiencia de la adultez sobreponiéndose al dolor por el hijo que no llegaba, y en la adultez con el empuje de la juventud, criando un hijo cuando debería estar malcriando un nieto....
Valga su ejemplo en esta semana en la que leemos sobre su muerte, para inspirarnos en su fuerza frente a la adversidad y en su fuego para afrontar los cambios a los que nos somete la vida...
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
Dos vidas en unaLa Parashá de esta semana comienza diciendo: "Y fue la vida de Sara, de cien años y veinte años y siete años, los años de la vida de Sara" (Bereshit 23, 1).
Sin embargo, "Shnei Jaiei Sara" (traducido como "Los años de la vida de Sara"), puede leerse como 'Las dos vidas de Sara'.
¿Por qué pensar que Sara tuvo dos vidas?
No estamos hablando aquí de una 'Doble vida' –Di-s nos libre y nos guarde- al modo que solemos entender ‘la doble vida’ en nuestro mundo contemporáneo donde este concepto es sinónimo de marginalidad y engaño...
Ocurre que si bien nuestra vida es una, existen ciertos giros en nuestra existencia que hacen cambiar radicalmente nuestra percepción del mundo.
El nacimiento de un hijo, la llegada del amor. O un traspié financiero, o una pérdida muy querida...
Todos tenemos algo que nos ha cambiado. Todos tenemos algo que nos hizo crecer y madurar, aun cuando haya sido a fuerza de golpes y de dolor...
Muchas vidas conviven en una vida, y es la manera en la que nos confrontamos a estos cambios la que marcará el rumbo de este nuevo capítulo.
Tal vez, la palabra inicial de esta Parashá sea un buen indicio para saber cuáles fueron las dos vidas de Sará: VaIihú.
El autor del libro "Minjá Belulá" nos hace notar que la palabra 'VaIhiú' ('Y fueron', en español) tiene un valor numérico igual a treinta y siete (6, 10, 5, 10, 6)
Si Sará vivió ciento veintisiete años y le restamos treinta y siete, tendremos noventa años. A los noventa años Sará dio a luz a su único hijo, nuestro patriarca Itzjak.
Una vida o dos vidas, según cómo se vea. Bien podríamos decir que fue una vida de ciento veintisiete años, o que fue una de noventa y otra de treinta y siete.
Noventa años de sufrimiento y de plegarias por el hijo que la naturaleza le negaba y treinta y siete años de realización y plenitud por ese hijo que Di-s le regaló.
Cuenta una historia que un hombre caminaba por el bosque y se topó con un cementerio. Lápidas viejas y derruídas, que a duras penas dejaban leer las inscripciones en la piedra.
Sin embargo, el hombre alcanzó a leer los nombres y la edad de los fallecidos y notó con sorpresa que la edad de aquellos que yacían allí no pasaba de los once años y lo más extraño era que el tiempo vivido estaba medido en años, meses, semanas y días.
El hombre se sintió conmovido y pensando que se encontraba ante un cementerio de niños se acercó al pueblo vecino a preguntar qué extraño mal aquejaba a esa población que había arrasado con tantos niños.
‘No son niños’, le respondió el anciano del lugar. ‘Y aquí no hay ningún extraño mal que nos acose. Ocurre que desde hace generaciones conservamos una bella costumbre. Cada niño, al cumplir los quince años, recibe una pequeña libreta como esta que llevo colgada en mi cuello. Y es tradición entre nosotros que a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella:
A la izquierda que fue lo disfrutado...A la derecha, cuanto tiempo duró el gozo.
Conoció a su mujer y se enamoró de ella...
¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media?¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿Y el viaje más deseado? ¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?
¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones?¿Días? ¿Semanas?
Así... vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos...cada instante de dicha.Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre, abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque ESE es para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido
Sará vivió ciento veintisiete años, de fe, coraje y pasión.
Dos vidas en una. En su juventud con la experiencia de la adultez sobreponiéndose al dolor por el hijo que no llegaba, y en la adultez con el empuje de la juventud, criando un hijo cuando debería estar malcriando un nieto....
Valga su ejemplo en esta semana en la que leemos sobre su muerte, para inspirarnos en su fuerza frente a la adversidad y en su fuego para afrontar los cambios a los que nos somete la vida...
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
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Parashat Hashavua
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Parashat VaIerá 5769
B"H
Abriendo los Ojos
‘Y vio Sara el hijo de Hagar, la egipcia, que ella le había dado a Abraham, que se burlaba; dijo, entonces, a Abraham: ‘Echa a esta esclava y a su hijo, pues su hijo no habrá de heredar junto con mi hijo, con Itzjak’ (Bereshit 21).
Abraham, algo dolido es cierto, acata la orden de su mujer (Alguien dijo alguna vez que este fue el primer ‘Sí, querida’ de la historia).
Y Hagar partió con Ishamel con una mínima provisión de agua al implacable desierto de Beer Shevá. A los pocos días, la sed pudo más que ellos. Y cuando Hagar pensaba que su hijo Ishmael estaba por morir, Di-s abrió sus ojos y Hagar avistó un pozo de agua con el cual pudo calmar su sed.
Es interesante observar y analizar la naturaleza de este milagro. El Rabino Harold Kushner señala que Di-s no realizó un milagro para Hagar como solemos entender los milagros. No creó un pozo de la nada que no estuviera allí antes. Di-s le abrió los ojos para que ella pudiera ver el pozo que antes no había notado, y de pronto ese mundo tan cruel, se volvía un sitio apto para la vida.
El pozo había estado allí todo el tiempo. Di-s solo le abrió los ojos para que ella vea aquello que hasta hacía un momento era invisible ante sus ojos.
A menudo rodeados de problemas, también nosotros solemos enceguecernos. Las soluciones parecen lejanas, los problemas abundan y la desesperación crece.
La auténtica paz interior no radica en carecer de problemas. Sino, que radica en la capacidad de poder abrir los ojos y apreciar la luz al final del túnel y el orden en medio del caos.
Abrir los ojos y entender que el mundo no es tan cruel como a menudo nos parece.
Hagar estaba desesperada. El mundo se había vuelto en contra suya. Di-s la bendijo con la capacidad de hallar belleza en esa jungla, encontrar la armonía y el sosiego en medio de su desconcierto.
Se cuenta de un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera dibujar la paz perfecta. Muchos artistas intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera mostraba un lago muy tranquilo. Un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenía montañas. Pero estas eran escabrosas y sin verde. Sobre ellas habia un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Bastante poco pacífico, por cierto.
Pero cuando el rey observó cuidadosamente, miró tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allá, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido.
Paz perfecta. El rey escogió la segunda. Y explicó: Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
Abriendo los Ojos
‘Y vio Sara el hijo de Hagar, la egipcia, que ella le había dado a Abraham, que se burlaba; dijo, entonces, a Abraham: ‘Echa a esta esclava y a su hijo, pues su hijo no habrá de heredar junto con mi hijo, con Itzjak’ (Bereshit 21).
Abraham, algo dolido es cierto, acata la orden de su mujer (Alguien dijo alguna vez que este fue el primer ‘Sí, querida’ de la historia).
Y Hagar partió con Ishamel con una mínima provisión de agua al implacable desierto de Beer Shevá. A los pocos días, la sed pudo más que ellos. Y cuando Hagar pensaba que su hijo Ishmael estaba por morir, Di-s abrió sus ojos y Hagar avistó un pozo de agua con el cual pudo calmar su sed.
Es interesante observar y analizar la naturaleza de este milagro. El Rabino Harold Kushner señala que Di-s no realizó un milagro para Hagar como solemos entender los milagros. No creó un pozo de la nada que no estuviera allí antes. Di-s le abrió los ojos para que ella pudiera ver el pozo que antes no había notado, y de pronto ese mundo tan cruel, se volvía un sitio apto para la vida.
El pozo había estado allí todo el tiempo. Di-s solo le abrió los ojos para que ella vea aquello que hasta hacía un momento era invisible ante sus ojos.
A menudo rodeados de problemas, también nosotros solemos enceguecernos. Las soluciones parecen lejanas, los problemas abundan y la desesperación crece.
La auténtica paz interior no radica en carecer de problemas. Sino, que radica en la capacidad de poder abrir los ojos y apreciar la luz al final del túnel y el orden en medio del caos.
Abrir los ojos y entender que el mundo no es tan cruel como a menudo nos parece.
Hagar estaba desesperada. El mundo se había vuelto en contra suya. Di-s la bendijo con la capacidad de hallar belleza en esa jungla, encontrar la armonía y el sosiego en medio de su desconcierto.
Se cuenta de un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera dibujar la paz perfecta. Muchos artistas intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos que realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera mostraba un lago muy tranquilo. Un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura también tenía montañas. Pero estas eran escabrosas y sin verde. Sobre ellas habia un cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un espumoso torrente de agua. Bastante poco pacífico, por cierto.
Pero cuando el rey observó cuidadosamente, miró tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allá, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en el medio de su nido.
Paz perfecta. El rey escogió la segunda. Y explicó: Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón.
Rabino Gustavo Surazski. Comunidad "Netzaj Israel", Ashkelon.
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